Una sensación provoca reacción en mi piel. El tacto de sus dedos deslizándose por mi pelo y, luego, alrededor de mi cuello… Inmediatamente, me achucho a causa de ese efecto tan singular. Lo adoro. Adoro que me acaricie, sin querer, me hace sentir estupenda. Solo deseo que me mire, me mire firmemente a los ojos, fijamente, y sin decir palabra, me bese, apasionadamente. ¡Qué esto no se detenga aquí! Mi corazón pide a gritos, aúlla en plena luna llena que ese roce de cuatro labios fundiéndose en uno no cese. Si mi rostro se aleja del suyo que sea únicamente para volverse a acercar, para sentir de nuevo esa mágica sensación de ternura entre él y yo.
Sé que él sabe de qué hablo cuando te hablo de amor. Hablo de lo más hermoso, de lo que te hace sonreír sin causa ninguna ni motivo concreto, hablo de lo que se siente al despertar por la mañana con un estrechón de mi brazo entero aterrizado sobre de pecho y de mi pierna entrelazada entre las suyas; pero también hablo de lo más doloroso, de un vacío en el interior de uno, de la necesidad de un no sé qué pero de sí sé quién que no sabes muy bien cómo pedir ni insinuar pero sin duda necesitas. Es una inundación de los ojos y una tempestad en el vientre. Un verdadero huracán que solo un ángel puede detener.
Él conoce ese tormento amoroso. Sabe cuán mal se pasa y cuánta ayuda hace falta del otro para lograr espantar a las nubes y lograr que salga el sol. Buscamos unas razones para dudar, encontramos nuestras sospechas y así nace el recelo, temor y escrúpulo. Por ello, le ayude a buscar razones para confiar, encontraste motivos y resurgió la confianza, la credulidad y la fe. Cayó en el escondrijo de la desconfianza y le ayudé a salir de él, por él y por mí. Ahora que me veo atrapada entre las redes de la ambición mimosa y el ansia de cariños, ¡ayúdame a escapar de ella! ¡Compláceme ahora! “Ámame cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite”
Te mereces fidelidad, te la doy. Sin pedírmelo, te di amor. Ahora que lo tienes, ¡cuídalo!
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